Las luces ya adornan las calles y el espíritu navideño ya se siente en el ambiente. Es por todo ello que la ilusión vuelve a resurgir porque llega uno de los momentos que muchos españoles esperan año tras año, la lotería de Navidad. Marcar en el calendario el 22 de diciembre es rutina para algunas personas y es que en es en esa fecha en la que miles de personas depositan sus sueños en un billete que, en apariencia, promete solucionar todos sus problemas.
Sin embargo, es esencial reflexionar sobre lo que realmente representa esta tradición y cómo afecta nuestra forma de ver la vida. Para muchos , la lotería es solamente un juego de azar. Para otros, es un fenómeno cultural que apela a nuestras emociones. El deseo de cambio, de una vida mejor o de escapar de lo rutinario. Al comprar un décimo, no solo adquirimos más que una posibilidad remota de ganar si no que compramos la fantasía de un futuro sin preocupaciones.
Esta ilusión, sin embargo, puede desviarnos de valorar lo que ya tenemos, pensando que es lo normal, sin pararnos a reflexionar que a veces somos mucho más afortunados de lo que nos pensamos. Estadísticamente, las probabilidades de ganar un premio importante son tan bajas que la mayoría de los participantes solo experimenta la inevitable desilusión. Pero esto no impide que año tras año se repita el ritual, lo que evidencia cuán profundamente arraigada está la esperanza de que «esta vez será diferente».
Aunque la ilusión nunca se debe en perder en la vida, es necesario comenzar a valorar la vida cotidiana, lo que ya se tiene. Si lo pensamos, no es necesario que nos toque el «gordo» para disfrutar de las pequeñas cosas de la vida que nos hacen felices, como una cena en familia, un paseo con amigos o de música en directo. Y es que, cuando comencemos a valorar, también comenzaremos a ser un poco más felices.



