La Voz.- En la memoria colectiva de los pueblos siempre quedan grabadas aquellas personas que, más allá de un oficio, representaron una forma de vivir al servicio de los demás. Ese es el caso de Agustín Olivar, alguacil de Villanueva de Duero y cuya figura ha merecido un sentido homenaje. Su trabajo no se limitó al uniforme que lo distinguía, sino que se extendió a su cercanía con los vecinos, a la palabra amable y a la mano tendida en cada momento de necesidad. Como lo define el propio Ayuntamiento de Villanueva de Duero, ser alguacil no fue únicamente su empleo, sino una vocación, una manera de entender la vida a través del servicio a su comunidad.
Por eso, la figura de Agustín estará marcada para siempre en Villanueva de Duero con un mural realizado por Daniel Martín. Este homenaje, sencillo pero cargado de afecto, busca reconocer esa entrega silenciosa y cotidiana que, con el paso de los años, se convierte en parte esencial de la identidad de una comunidad.
La figura del alguacil, tan característica en los pueblos de antaño, se ha ido apagando con el tiempo hasta quedar prácticamente en el recuerdo. Durante generaciones, fueron los encargados de mantener el orden, anunciar las disposiciones municipales y servir de enlace directo entre la autoridad local y los vecinos. Su presencia era garantía de cercanía y de que los asuntos del pueblo se resolvieran con humanidad y proximidad. Sin embargo, el paso de los años y la modernización de las estructuras municipales han reducido su papel hasta casi hacerlo desaparecer, dejando un vacío en la vida comunitaria que difícilmente puede sustituirse con nuevas formas de organización.



