Obituario. DR. D. Juan Francisco Garrido Gil, Juan. Un hombre bueno
Juan Francisco nació en pleno franquismo, hace algo más de 68 años, en el seno de una familia castellana. Entre los campos de Cervillego de la Cruz y las calles medinenses pasó su infancia y juventud. La OJE o la Sección Femenina, según tocase, era el centro neurálgico de los adolescentes de su tiempo y allí, en la plaza más grande de España, disfrutó de ese divino tesoro que no apreciamos, hasta que lo perdemos.
Años de bisoñez y despreocupación quedaron atrás y comenzó sus estudios de Medicina en la Facultad de la Universidad de Valladolid. Entre el instituto y la facultad, llegó el gran regalo de su vida: su esposa Teresa.
Una Marciel castellana de pura cepa que fue novia, amante, enfermera, compañera, esposa. Pareja de baile, de naipes, de brindis y de lloros, cuando tocó. Su todo. Juan era de aquellos hombres que tenemos la suerte de encontrar el amor de nuestra vida y poder compartir ésta con él. Y mimó y cuidó ese amor como lo que era: el bien más preciado que tenía. El amor y su familia: no hay mayor joya, ni bien de mayor valor. Juan siempre supo cuidar de lo importante.
Y es que el amor a su familia fue el denominador común a lo largo de su vida. Juan trataba y miraba a Avelino como sólo un hombre puede mirar a su héroe de niño. Porque un padre, uno de los buenos, es el primer héroe de un niño. Y con los héroes de la niñez, uno, con los años, confirma sus poderes. O no. La mirada de Juan hacia su padre hacía ver que él confirmó esos poderes que le arrogaba en su infancia, como hemos hecho otros con nuestro padre. Suerte la nuestra.
Juan, como todo varón romántico, tuvo a Severina, su madre, como su primer amor. Amor filial que sólo la enfermedad y la muerte ha podido separar. Siempre atento a Seve, a escucharla, aunque la vejez hiciera menos ágil la conversación, a visitarla, a cuidarla y, en definitiva, a amarla.
Pero si Juan fue un hijo ejemplar, no fue peor hermano. El orgullo y cariño con el que siempre habló de su hermana enfermera lo conoce cualquiera con quien cruzara una charla.
No eran pocas las ocasiones en las que deslizaba una flor para Conchi con su interlocutor. Por supuesto, también para sus sobrinas y sobrinos.
Juan, como todo hombre bueno, era especialmente sensible con aquellos que más ayuda necesitaban. Tal vez por ello, siempre fue especialmente atento con su hermana mayor. Siempre al quite si el bravo quería hacerle daño. La adoración era mutua y María Luisa siempre iluminaba su cara al hablar de su hermano.
A más a más, Juan era una gran amigo de sus amigos. Sirva quien abajo firma como fedatario. Tuve la suerte, el honor y el privilegio de tener a Juan entre mis amigos más notables. Durante casi 50 años fue amigo de mi padre y, por capilaridad, tuve la suerte de que también fuera mi amigo. Siempre leal y cariñoso. Siempre con los suyos. Era de los que nunca cambió de equipo. Tampoco en el fútbol, ya que era un madridista devoto. Algún pero tenía que tener este Juan.
Uno de mis primeros recuerdos de niño es ver a los amigos de mis padres en nuestro salón de la casa de la Plaza. Sus carcajadas me despertaban y yo, en busca de aventuras, iba a hurtadillas por el largo pasillo hasta el salón. Allí, riendo a mandíbula batiente, entre una nube de humo de Bisonte, BN y Ducados, brindaban mis veinteañeros padres y sus amigos. Juan entre ellos. Mi madre me ordenó retirarme a la cama con mi hermano. Pero Juan intercedió para que me pudiera quedar un rato en esa fiesta improvisada que a mí me fascinaba. Siempre tan cariñoso con nosotros desde niños.
Luego llegaron más momentos de ayuda de mucha más enjundia afectiva y, también, onerosa para él. Nunca dudó en dar un paso y estar donde debía de estar para sus amigos. Gracias Juan, un granito de aquello bueno que he podido conseguir, ha sido, también, por empujoncitos como el tuyo.
También, durante estos 68 años de vida y hasta que el maldito cáncer le dejó, atendió urgencias extrahospitalarias, hizo guardias y vio pacientes en consultorios, centros de salud y residencias de mayores. Profundizó y estudio el ámbito de la dermatología hasta hacerse un experto. Murió, prácticamente, con el endoscopio al cuello. Pero, sobre todo, como médico, fue digno compañero de Hipócrates.
Escuché hace poco a un destacado médico decir, algo así como: “a los médicos de hoy día nos molestan los pacientes. Todo son artículos, congresos, ego y demás bobadas, y nos olvidamos de lo importante: nuestros pacientes.” Juan era la antítesis de eso. Ayudaba a superar las enfermedades, o sobrellevarlas, a sus pacientes, pero, sobre todo, les asistía, les tenía presentes, les cuidaba y atendía.
Juan fue un gran médico, pero aunque hubiera sido una mezcla entre Miguel Servet y Gregorio Marañón, aunque hubiera descubierto la penicilina, su nivel y altura humana hubiera sido aun superior.
Estoy seguro que tras saludar a San Pedro con esa sonrisa que enamoró a Teresa, lo primero que habrá hecho es dar un beso a Avelino y presentarle sus respetos, preguntar dónde puede pasar consulta y en qué bar echan a su Real Madrid.
Que Dios te tenga en su gloria y que descanses en paz, amigo. Puedes estar tranquilo y con la satisfacción de saber que fuiste un hombre bueno. Desde tu marcha, el Mundo es un poquito más gris y menos humano.
Te quiero. Te queremos. Te echamos de menos.
Fdo. David R. Salcedo Sánchez.
Medina del Campo a 15 de julio de 2025.




Según tengo entendido por mi madre era un gran médico, yo me acuerdo poco de el, ya que el tiempo que estuvo en Carpio de médico yo era pequeña para recordarle bien
Pero en mi casa siempre tendremos una anécdota con mi hermano con 2 años, ahora no creo ya que se acuerde de él porque era muy pequeño
Gracias por haber sido un gran médico la gente de Carpio le recordará siempre
desde luego que era una gran persona.
Un gran artículo en todos los órdenes.Sentimental, descriptivo, narrativo, etc. que define a Juan perfectamente. Ahí queda para nuestro recuerdo con el orgullo de su amistad expresada por David de forma magistral;no había leído nunca un obituario tan bueno
lo conozco de vista desde por lo menos hace 55 años o más, hemos coincidido en muchos sitios, buena persona y una pena enorme que nos deje tan pronto, que descanse en paz.
juan fue uno de esos médicos de los de antes, de los que aunque no tuvieras cita,siempre procuraba atenderte, por eso allá donde esté,seguro sabrá hacer lo que siempre hizo,ayudar.