Mucho más que lecciones de Historia 

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Carta

A cierta hora, transitar por la calle Padilla resulta agradable en pleno periplo estival. No es que sus edificios sean especialmente altos, pero sí lo suficiente para que, en el comienzo de la mañana, se proyecte una sombra lo suficientemente extensa para cubrir al ciudadano y ‘darle tregua’ de la extenuación que provoca este horrible calor. Es sábado y apenas hay gente caminando. Salvo los habituales que tienen marcada la hora de ir a comprar el pan o quien aprovecha para hacer recados antes de disfrutar del rico caldo de la tierra en la popularísima ‘hora del vermú’.

A la altura de la Papelería Mena me topo con la silueta de un hombre de espaldas. Su mano derecha, algo flexionada, porta un periódico. Su rostro todavía es indescifrable -pues está de espaldas-. Su cabeza está cubierta por una visera en tonos marrones. ¡Ya sé quién es!

Mantiene una conversación fluida con otra persona y a una servidora le da cierto apuro entrometerse en la misma para desearle una feliz jubilación. De hecho, nunca he sabido muy bien si ese tipo de mensajes son los que hay que dar cuando alguien se jubila. Y más si esa persona, como es José Carlos, ama tanto su profesión que, honestamente, creo que la echará mucho de menos.

Fue en 4º de Educación Secundaria cuando tuve la oportunidad de presenciar sus clases por primera vez. Hasta ese momento, era uno de los rostros siempre conocidos del Colegio San José Hijas de Jesús de Medina del Campo, pero sin asistir a sus lecciones de manera directa. Su firmeza emanaba seriedad; pero su siempre acogedora sonrisa radiaba tranquilidad.

Y allí estábamos todos nosotros. Una ‘jauría’ de chavales de 16 años intentando saber qué era aquello del liberalismo, la Revolución Rusa o la Constitución de 1978. «Pensad», «Pensad y me decís». Él siempre proclive a incentivar los engranajes de nuestra reflexión -floreciendo en esa edad tan complicada- y tratando de contribuir a la construcción de nuestro ‘yo’ como seres racionales.

Tal era su empeño que, cuando uno ‘cateaba’, le dolía en sus adentros. Todavía recuerdo aquellos bolcheviques… mientras José Carlos encomendó una tarea grupal, me llamó a su mesa. Allí estaba mi examen: 4’5. «Vamos a ver, has puesto todas las fechas correctas, ¿cómo puede ser posible que te hayas equivocado en esto?». Entre zares e ideologías, en mi cabeza se había formado un totum revolutum. Reconozco que, a mayores, ese tema se me atragantó. No sé si él lo recordará. Pero yo sí. Sin previo aviso -y sin la atención del resto de compañeros que estaba pendiente del trabajo- me hizo reflexionar sobre mis propios errores. Y ya no volvió a ocurrir. No digo que que mis notas fueran de Matrícula de Honor a partir de entonces, pero sí intentaba pulir mis imperfecciones.

Su voz templada nos enganchaba casi sin querer. Éramos unos adolescentes que, a pesar de la revolución hormonal, disfrutábamos por unos instantes de sus lecciones de Historia, pero también de transformación interior. Poco a poco fuimos conociendo su lado más personal y, a mí personalmente, me fascinaba escucharle hablar de sus palomas mensajeras. Aves blancas como la nieve que cubrían el cielo del Colegio en cada fiesta veraniega, simbolizando justamente eso: la paz.

Un día, nos mostró un vídeo en el que, durante un programa de televisión ya extinto, sus contertulios se vanagloriaban de no tener absoluta idea sobre los conocimientos más básicos que una persona pueda poseer sobre la Historia Universal. «Puede que algún día se os olvide la fecha de un acontecimiento histórico o que, por la falta de lectura, tengáis carencias en algún capítulo de la historia. Pero jamás sintáis orgullo por ello. No seáis seres que se conforman con la ignorancia. Trabajad. Aprended a ver cuáles son vuestros errores y esforzaos por cambiarlos. Cuando salgáis ahí fuera, os van a conocer por eso: vuestra capacidad de esfuerzo y de trabajo».

Querido José Carlos, hay lecciones que ni siquiera hay que esforzarse en recordar, porque las dejaste grabadas con fuego candente en todos tus estudiantes durante tus 40 años de entrega como profesor…

Vuelvo a la calle Padilla. Es verano y veo la reconocible silueta de José Carlos. No quiero parecer entrometida ni maleducada -pues está charlando-. María José me comentó hace unos días que se jubilaba. Y yo me pongo a pensar, ¿cómo puedo darle las gracias por haber sido un excelente profesor?

¡Ya sé, le escribiré una carta!

Paula

 

 

 

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