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Medina del Campo
jueves, septiembre 23, 2021

Ser de Medina del Campo: nuestra mejor herencia

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EDITORIAL

Dicen que la noche de San Juan es la más mágica del año. Entre meigas y queimadas -e incluso el aullido de algún lobo- imaginamos que cada 23 de junio, cuando el cielo se cubre de un manto de estrellas y una hermosa y pulcra luna, acontecen los hechos más insólitos. Puede ser.

Sin embargo, y como oriundos de la Villa de las Ferias, de sobra es conocido que la noche con más embrujo para la población medinense es la del 31 de agosto. Y es que cerrándose el mes en el que ‘refresca el rostro’ las emociones y sentimientos, que como el vino, van ‘in crescendo’ con los años, ponen su foco de atención en la veneración al patrón: San Antolín.

¡Esta maldita pandemia vuelve a ponernos los dientes largos deseando volver a las fiestas que todos conocemos! En 2020 pensábamos que el 21 nos iba a traer de nuevo toda la tradición habida y por haber en estas ferias. Y qué más quisiéramos. Nuevamente volvemos a utilizar el recurso del recuerdo para volver a vivir. A revivir. A soñar con los ojos abiertos y transportarnos a aquellos años tan maravillosos.

Pocos saben lo que es esperar cerca de 365 días al año para escuchar las bombas de mortero que anuncian la llegada de las Ferias y Fiestas de San Antolín. Y las palpitaciones que aceleran a nuestro corazón cuando vemos un pequeño punto en movimiento que asciende por una ligera escalinata y que tiene como fin colocar en lo alto de la torre de la Colegiata de San Antolín una brillante bandera rojigualda.

Recuerdos que erizan la piel. Como aquellas fotografías que colmaban los paneles de aquel fotógrafo que se situaba bajo la Casa de los Arcos y que hoy se guardan en nuestros álbumes. Imágenes que se nutren de las pequeñas sonrisas que nos arrancan cada vez que las miramos. Septiembre. Mes de frío y calor. De un sol sofocante que hacía que Loreto se colocase un buen gorro en su cabeza para aguantar aquellos paseos en un coche que siempre llamaba la atención, sobre todo, de los más pequeños.

San Antolín, esos días en los que las pituitarias se entrenan a base de olores a almendra garrapiñada y de algodón dulce. Ferias y Fiestas que descorchan en su primer día innumerables botellas de champagne, para dar paso a los mejores caldos de nuestra tierra: nuestros verdejos. Pero también a nuestras ‘sopitas’ de ajo que ‘entonan’ el cuerpo para la llegada del encierro.

Ocho días en los que, antaño, cualquier inclemencia meteorológica era en vano, ya que el dormir en la talanquera era la tónica de cara a esperar al ya desaparecido ‘Toro del Alba’. Fiestas que se convierten en auténticos festivales gastronómicos en los que no ir con tu familia o amigos al almuerzo se convierte en herejía.

Recuerdos que muchos transforman en la banda sonora de sus vidas. Notas musicales que sirven de prolegómeno a la estrofa rimbombante que, con sencillez, relata cómo los novillos vienen y van por el Arrabal. ¡Ay que ver!, sólo con escuchar los primeros tintineos ya se le eriza a uno el vello de la piel.

Y en ese mar de recuerdos, a golpe de juegos de luces aparecen escenas de los mejores conciertos. Sellos que quedan grabados en lo profundo del músculo más importante de nuestro corazón y que lo hacen latir al compás de aquellos años en los que el cantante hizo una tarde maravillosa o la percusión te hizo saltar hasta rozar el cielo. O bien, era la compañía la que hizo que, aunque lloviera a mares durante la actuación de Antonio Orozco, te hizo quedarte para simplemente agarrar su mano.

Y si hablamos de musicalidad, es imposible que a uno no se le venga a la cabeza la marea colorida que hace botar, gritar y disfrutar a la multitud. Nuestras charangas transforman en notas musicales nuestras tradiciones, haciendo que la algarabía -como si de trovadores se tratase- reproduzca pequeñas historias de esta, nuestra “Medina tierra querida”.

Lo cierto es que esta “población incomparable” recuerda como si de ayer se tratase cómo ese ímpetu por celebrar ya estaba presente desde el último fin de semana de agosto, con las inmensas colas que se formaban hasta la calle Padilla, para conseguir una entrada para el Memorial José María de la Fuente “Pinturas”. Y si de toros hablamos, y aunque nos toque recordarlos ya que este año no los vamos a vivir, es imposible que se escapen de nuestra mente los encierros tradicionales declarados de Interés Turístico Nacional. Revivir el eco de Onda Medina, el canal por el que, a través de un pequeño casco en nuestro oído, esperamos temblorosos a los astados. Escuchar de fondo el sonar de los cencerros, el mugido embravitado de las reses bravas por un hermoso campo que deja, a su paso, el reflejo de un sol luciente en el conocido charco ‘Lavaculos’. Esos murmullos constantes en el embudo que preceden a una intensa polvareda. Nada se ve, pero ya queda poco. Ahora sí, los toros ya están en las calles. Galopan a su arrope los caballistas medinenses y comarcanos. Ya resuenan los cascos por la calle Logroño.

Así, llegamos a las grandes protagonistas: Las miradas. La de padres y madres con las pupilas puestas en sus pequeños al verlos crecer con una pañoleta atada al cuello. La de abuelos con un brillo especial que, entre alguna lágrima mirando la colocación de la bandera, recuerdan a quienes marcharon y ya no podrán rezar más al santo. Miradas de los más pequeños que, admirando hoy a sus padres, comprenderán en un futuro que, por fortuna, han recibido la mejor de las herencias: ser de Medina del Campo.

Más información en el especial de San Antolín de La Voz de Medina y Comarca

2 COMENTARIOS

  1. El concierto en cuestion,el del diluvio,no fue de Orozco,sino del irrepetible Manolo Tena,que nos fue envolviendo poco a poco,al principio todos en los soportales.El mejor concierto que haya pasado por Medina

  2. creo que Schopenhauer tenía una frase de aquellos que no tienen otra cosa que vanagloriarse del lugar en el que nacieron por casualidad.

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