Editorial

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La casa se queda sin barrer

Se aproximan unas nuevas elecciones. No, no han pasado cuatro años desde la última vez que el pueblo votó; no, tampoco ha sucedido nada que anule las celebradas el 28 de abril. ¿Entonces? Simplemente que España parece haber nacido para ser bipartidista, para elegir solo entre dos colores, y lo más preocupante de todo es que, mientras muchos se quejaban de que había que evolucionar, de que había que ampliar el abanico de colores del que se conformara el Congreso, los políticos aún no entienden la palabra democracia, ese concepto que habla de diálogo, de consenso, de escuchar a quien tenemos en frente, al de al lado e, incluso, al del otro extremo, aunque sea simplemente para darnos cuenta de lo que no tenemos que hacer.
Las elecciones sirven para elegir un representante político, más bien 350, pero somos incapaces de organizar un Gobierno si la mayoría no tiene el mismo color, motivo por el que los españoles nos encontramos delante de un tablero sobre el cual lanzamos los dados que decidirán nuestro futuro, pero, si a los de arriba no les gusta el número que aparece en ellos, siguen obligando a tirar hasta que alguno les convenza.

Y en eso se han convertido las Elecciones Generales, en un ajuste de votos, en convencer al otro no de que el partido X es el mejor, sino de que, simplemente, tiene más posibilidades de salir vencedor. Hacen creer que la sociedad no sabe votar porque no unifica el poder en un solo partido, porque no regala mayorías absolutas, porque no cambia las fichas en cada nueva partida, porque pide demasiado queriendo más de un color a lo largo de los sillones del hemiciclo en el que solo valen los ataques y culpar al otro de que aún no tengamos gobierno.
Y seguimos tirando los dados mientras un partido pide tres ministerios y el otro le niega las especialidades solicitadas; mientras el Partido Popular y Ciudadanos se unen cuando antes de las elecciones dejan claro que siempre debe gobernar la fuerza más votada; mientras la supuesta izquierda pelea entre sí por cargos y no por objetivos que cumplir en España, a la vez que Vox mira desde la barrera cómo ha crecido el partido debido, no a su trabajo, sino a la inestabilidad creada. Podemos lucha por una Sanidad Pública, pero sin Sanidad; y Pedro Sánchez confía en que con cada nueva jornada electoral su poder pueda avanzar.

Y, entre tanto, el paro sube, se malgastan millones de euros en urnas y en papeletas, muchos servicios no pueden ofrecerse, y los ciudadanos se bloquean ante la elección de qué hacer si en septiembre vuelven a convocarse unas nuevas elecciones, cuando cada vez es más consciente de que lo que antes era un derecho, ahora puede ser una pérdida de tiempo, porque los discursos, antes de la investidura, ya están escritos, las uniones o las desuniones ya están hechas, y, al final, unos por otros, la casa se queda sin barrer.

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